Este fin de semana varios miembros de la Asociación de Emprendedores Rurales (AER) realizamos unas jornadas de brainstorming (“tormenta de ideas”) en la preciosa localidad de Bocairent, invitados por nuestros amigas y asociadas Cati y Macu, que llevan los Apartamentos Mirador. Algunos de los compañeros que estuvimos allí se encargarán de relatar lo que hablamos y sus experiencias, pero yo quería mencionar el escenario en el que nos movimos, que me dejó maravillado.
Fue llegar, dejar el coche en la parte baja de la localidad y enfrentarnos a las primeras cuestas mientras buscábamos los apartamentos rurales. O mejor dicho, enfrentarnos a la historia de Bocairent. ¿Por qué un pueblo en un lugar tan inaccesible, tan incómodo posicionalmente hablando? En el pasado está la respuesta.
Existen restos del neolítico en la zona, pero la primera gran población fueron los íberos que habitaron el cercano Cabeçó de Mariola. Es posible que donde hoy se alza Bocairent existiera algún asentamiento íbero, aunque fueron los romanos quienes le dieron el nombre que, con modificaciones, perduraría: Bocarius. Eso explicaría, por tanto, que fuera ubicado en lo alto del cerro, práctica común entre las antiguas civilizaciones para defenderse mejor de posibles enemigos. Ahora bien, el trazado actual del casco antiguo surge con la llegada de los musulmanes. Por aquella época perteneció a la Taifa de Denia, y su castillo de Bukaïran fue uno de los más importantes del reino. En el 1245 llegó Jaime I, conquistó la localidad y la asimiló al Reino de Aragón.
La primera gran sensación la tuve cuando llegamos a la plaza del Ayuntamiento, con una pared cortada impresionante donde se aprecia una fachada de casas de ocho pisos (a los superiores se accede por el otro lado). Un lugar inspirador, que recuerda (y no solo a mí, ¿verdad, Carlos Guerrero?) a la Minas Tirith de “El Señor de los Anillos” (a menor escala, por supuesto). Resulta sencillísimo hacer un ejercicio de abstracción y apartar de la vista coches y demás objetos actuales, para transportar el escenario a su pasado.
Nos perdimos por el Barrio Medieval (no literalmente, aunque los despistes son posibles ante tal laberinto de callejas), declarado Conjunto Histórico Artístico de carácter nacional. Empinadas calles, escaleras de peldaños desgastados, callejones donde puedes tocar los muros sin apenas estirar los brazos, plazoletas, macetas y… gatos, muchos gatos. Está perfectamente conservado, y se adapta al fuerte desnivel del cerro donde se asienta el poblado. Mención especial a la cara sur del Barrio Medieval, la que da al río Clariano: desde la calle del Mirador (con una vista que inspiraría hasta al escritor menos imaginativo)
hasta la de L’Aljub, existen restos arqueológicos de cavas, depósitos tallados en la roca destinados al almacenaje y conservación de nieve que merecen ser explorados. Es como entrar en otro mundo, en otro tiempo. Durante el día, casi puedes ver a las mujeres de antaño llevando los cántaros a las distintas fuentes repartidas por el entramado, o cargadas con la ropa sucia camino del lavadero de la Basseta; y a los niños, jugando en las plazoletas, como aquella escalonada donde están situados los Apartamentos Mirador, lugar en el que nos alojamos. Una estampa bucólica, llena de macetas y sus respectivas plantas, y con la omnipresencia de los gatos, que miran al visitante sin ápice de temor mientras toman el sol. Pues ellos son los auténticos señores de las calles. Pero es durante la noche cuando estalla la magia, y diría que incluso el misterio. Los rincones ganan en encanto, algo maravilloso parece aletear en el ambiente. Es la Ruta Mágica, y tiene bien ganado su nombre.
También estuvimos en la plaza de toros. Sí, soy un reconocido opositor a la tauromaquia, pero hay que reconocer que en
este caso estamos ante un monumento soberbio, más próximo a un coliseo romano que a cualquier plaza de toros común. Porque, sí, fue excavada en la roca a mano. La historia es fascinante: en 1843 la fábrica textil de Manuel López Rovira padeció una gran crisis. El buen hombre, para solventar la desocupación de sus trabajadores, buscó dónde emplearlos, y se le ocurrió la idea de construir una plaza de toros. De este modo, pico en mano, los obreros horadaron el montículo de “la Serreta” hasta dar forma al graderío e incluso a los burladores, incrustados en la piedra. Cabe destacar que esta plaza de toros es la más antigua de la Comunidad Valenciana.
En realidad fue un viaje corto, demasiado corto. Fuimos para trabajar en temas de la asociación y no hubo mucho tiempo para turismo, así que no pudimos visitar lugares emblemáticos como “Les Covetes dels Moros” (cuevas artificiales excavadas en el Barranco de la Fos, a 300 metros del casco antiguo), la Cava de San Blas o el Museo Arqueológico.
Lo cual, por otra parte, es la perfecta excusa para volver a Bocairent.
Javier Pellicer es escritor, autor de las novelas “El espíritu del lince” y “Legados”.
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