Guerra al estrés.

¿Sabéis una de las cosas que más me estresa? Ir de compras.

¡Buff, me pongo de los nervios! Si es ropa, probadores, calor, colas, lo que te gusta no te entra y lo que te entra no te va…. Siempre la misma historia.

Guerra al estres

Guerra al estres

Sin embargo, lo que más me estresa es la hora de pagar. Te encuentras con esas chicas tan monas, las cajeras, que parecen entrenadas para destrozarte la autoestima. Todo te lo dicen sin mirarte a la cara, mientras escanean el precio de los productos y los van tirando sin miramiento: zas, zas, zas… Y tú, como una loca metiendo cosas en las bolsas. Hasta que paran, te miran y, al fin, te hablan. Son “tropecientos” euros, te dicen. Si cometes el error de pagarle como hice yo una vez, la cosa se pone peor porque te apedrean con los productos del siguiente. ¡Nunca más! Para este tipo de comercios solo eres una tarjeta, una billetera sin cara, sin sentimientos, solo eres € con piernas y bolso. Qué realidad tan triste.

Ayer me contaba una amiga que estaba en la cola de un nuevo centro comercial  que poco han abierto en Valencia cuando dos chicas se dieron cuenta de que la cajera se había equivocado. Pero ella no podía solucionarlo.Una vez has pagado, tienes que acudir a “atención al cliente”, a “devoluciones” o a no se qué departamento. Las pobres iban una y otra vez para hablar con la cajera, hasta que en una de tantas una de ellas se desplomó llorando entre rabia y frustración. Ya no podía más, y el único pecado que había cometido era ir a gastar su dinero allí para engrosar la cuenta de una multinacional a la que le importas un pimiento, tú y la cajera que trabaja para ellos. Las dos sois imprescindibles.

Yo reivindico mi derecho a gastarme mi dinero en un comercio donde yo tenga nombre. Comercios con trato cercano, donde sus empleados sepan sonreír, que me miren cuando me hablan y no estén charlando con su compañera como si yo no existiera. Quiero que mi dinero sirva para crear empleo, y no esclavos que trabajan de domingo a domingo. No más personas grises con mi dinero.

Tal vez por ser rural noto mas este trato despersonalizado. En los pueblos nos conocemos todos; nos ayudamos o nos criticamos, pero siempre con nombres y apellidos.

Soy de pueblo y estoy orgullosa de serlo.
Seamos conscientes y si algo no nos gusta, hagamos algo para cambiarlo, no nos quedemos en el pataleo.

 

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